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Si al defensa del Real Madrid que, según muchos y él mismo, perdió la razón durante el partido contra el Getafe, en una acción en la que empuja, patea (hasta dos veces), pellizca y pisa a Casquero; le da un puñetazo a Albín; y termina gritándoles a los árbitros “son todos unos hijos de putas” -todo esto en menos de dos minutos-; sí… si a el mismísimo Pepe le da por hacer un partido en contra de la violencia en el fútbol, como forma de exorcizar sus minutos de gloria antideportiva -no está demás decir que el dinero recogido sería en beneficio de sus propias víctimas-, Desde la multitud le quiero ahorrar al portugués compungido el trabajo de pensar quienes podrían integrar su equipo. 

Repasando archivos y recurriendo en algunos casos a la escasa memoria, logré definir un once -resultó un trece- que espantaría hasta el mismo demonio que hace unos años protagonizó un comercial de Nike en la T.V. Aquí va pues mi propuesta para el querido Pepe:

En el arco, desde Alemania vendría Harald ‘Toni’ Schumacher. Portero con aires de dentista. Era tal su manejo del área que, dentro de ella misma y con la pelota en movimiento, dedicaba parte de su tiempo en el juego a extraer muelas y dientes de sus rivales. Su caso más exitoso me lleva a Sevilla, en la semifinal del Mundial de 1982, que su selección disputó contra Francia.

 

Así fue: Michel Platini metió un balón profundo, en el área alemana, a Patrick Battiston. Manfred Kaltz no llegó a cerrar. Solo quedaron el buenazo de Patrick y el ’sacamuelas’ Schumacher. El francés alcanzó a tocar la pelota y fue en ese momento, cuando la rodilla derecha del guardameta alemán conectó con la mandíbula del galo. ¡K.O. fulminante! Sin sentido y sin haber anotado, el jugador ‘bleu’ cayó al suelo. Schumacher, a quien el árbitro ni siquiera le llamó la atención, quiso reiniciar de inmediato el partido, mientras entraba la camilla por Patrick. Hoy todavía los cuidadores del césped en el Sánchez Pizjuán, siguen encontrando dientes del malogrado Battiston.

Un suplente ideal para ‘El loco’ Schumacher sería su alumno aventajado: Gastón Sessa. Este portero, quizás queriendo homenajear al primero, en un partido de su Vélez Sarsfield contra Boca Juniors, en la Copa Libertadores de 2007, salió a cortar un pelotazo en su área, levantó la pierna derecha, cual karateca, y le marcó los tacos de su botín en la cara de Rodrigo Palacio. Uno, en el pómulo derecho; el otro, en la frente… “quise sacarle una mugre que le había caído en su ojo”, pudo haber explicado en su defensa el ‘Gato’ Sessa ¿Alguien le habría creído? Aquella noche, por esa acción, el árbitro lo expulsó y pitó penal.

En defensa, queriendo proteger a los jugadores del equipo contrario de cualquiera de este par de arqueros, he puesto, como dirían los expertos del fútbol, una “muralla infranqueable”. Una pared que ni juntos los muros de Berlín y el que divide a árabes y judios, entre Cisjordanía e Israel, podrían equipararla.

Claro está, el eje sería Pepe, por muy arrepentido que se muestre, con su acción y las 10 fechas de sanción, ya se ganó su lugar en la historia. Junto al central luso, el cuatro defensivo lo completarían, por su talento para espantar y romper rivales, Vinnie Jones, Andoni Goikoetxea y Marco Materazzi. ¿Quién pasa? Ni la Wehrmacht alemana en la Segunda Guerra Mundial.

El galés Jones hizo tan bien su papel de jugador sucio en el fútbol británico que extendió su carrera al cine. No está demás decir que en roles de villano (Snatch y X-Men 3, entre otras cintas). Además de la foto que le dio la vuelta al mundo, en la que se ve estrujándole los huevos a Paul Gascoigne, sus entradas con la pierna en alto se hicieron famosas y hasta fueron declaradas “planchas de autor”. Un técnico justificando la contratación de Jones dijo: “Yo no busco chicos para que se casen con mis hijas, busco jugadores que sepan hacer su trabajo”. Jones tenía muy claro cual era el suyo: destruir al rival.

De Goikoetxea, quien más lo recuerda es Diego Maradona. El vasco que ya tenía en su prontuario haber lesionado, dos años antes, a Bernd Schuster, volvió por sus fueros naturales. El día de la Mercé de 1983, en el partido que enfrentó al Barcelona contra el Athletic de Bilbao, la víctima fue el ídolo argentino. Maradona recibió una pelota en la mitad de la cancha y antes de que pensara cuál sería su destino, con la misión de marcarlo, Goiko llegó como un cohete obuz que hizo blanco en el tobillo del ‘Pelusa’. Lo voló en mil pedazos. Por esta acción, el diario londinense The Times, en el 2007, lo declaró el jugador “más duro”  en la historia del fútbol. ¡Vaya título!

En el caso de Materazzi, las cosas son irónicas y hasta extrañas. Famoso por su dureza, por sus planchas y por sus pocos amigos dentro del calcio italiano (Pipo Inzaghi, Andriy Shevchenko y Rui Costa, entre otros, pueden dar razón), el defensa italiano del Inter de Milán y de la ‘Nazionale Azurra’ se convirtió en víctima de sus propias palabras, cuando Zidane le estampó un cabezazo en su pecho en la final del Mundial de Alemania 2006. Desde allí… Marco, ‘El anikilador’ sigue yendo igual. Rodillas, tobillos, canillas, son su objetivo. Si se cruza una cabeza, pues también. Nunca la pelota. Si la toca es por accidente.

La mitad del campo de Los amigos de Pepe FC (LAPFC) está clara. Se necesita alguien que piense, que juegue un poco, pero que no desentone con los demás. Eso, además de apretar al árbitro. Por si las decisiones del colegiado son injustas. Para ello nadie mejor que el bulgaro Hristo Stoichkov.

Conocido por su fuerte temperamento y la facilidad para irritarse dentro del campo, el “bulgaro loco” es recordado por una sanción de seis meses -que luego se reduciría a dos- por pisar al árbitro Urízar Azpitarte, en un partido de la Supercopa de España, contra el Real Madrid, en 1990. Todo por estar en desacuerdo con la expulsión del entonces técnico del FC Barcelona, el mítico Johan Cruyff. Tras el pisotón, el jugador también tuvo que salir del campo ese miércoles 5 de diciembre. Y Urízar fue intervenido al alimón, por lo médicos de los dos equipos rivales.

Para evitar estas salidas de madre de Stoichkov, el bulgaro estaría secundado por dos cuasi desconocidos, pero no por eso, menos duros que los anteriores.

El primero sería Thomas Gravesen. Un danés llamado ‘El ogro’, que dio sus primeras patadas en su natal Vejle. Además de ser el inventor de la ‘gravesinha’, un amago de plancha en el que medio cae de rodilla -sí, una sola- para luego levantarse y salir jugando -todo un crac, digo, por el sonido de su propia rodilla al golpear el suelo-, pasó a los anales del fútbol como “el más sucio de todos los sucios”. Tanto que ni en los entrenamientos sus compañeros se libraban de su juego. Mientras ellos entrenaban con la pelota, el danés la emprendía a golpes… “Bueno, también tenía que practicar”, diría en su defensa.  Una de sus víctimas fue Robinho en la pretemporada de 2006, con el Madrid, pero el brasileño respondió y Gravesen después terminó yéndose al Celtic de Glasgow.

Y el segundo de Stoichkov, en la mitad del campo de LADPFC, sería Martin Taylor. Muchos se preguntarán quién es, de dónde es, Martin qué. Bueno, si les digo una fecha: 28 de febrero de 2008. Un campeonato: Premier League. Dos equipos: Birmingham City y Arsenal. Dos huesos rotos: tibia y peroné. un Nombre: Eduardo Da Silva. De inmediato se acordarán de la entrada de Taylor contra el brasileño nacionalizado croata, que lo tuvo fuera de las canchas durante un año. ”Si no hubiera sido atendido de manera rápida, hubiéramos tenido que amputar”, dijo el médico que trató a Eduardo en Londres. A Taylor lo sancionaron con tres fechas. No hay que escribir más.

Pero como cualquiera de estos tres (Gravesen, Taylor y Stoichkov) pueden dejar al equipo con 10 hombres -yéndonos bien, porque fácilmente todo este mediocampo podría salir expulsado en una misma jugada de un mismo partido-, he escogido un suplente a su altura, para tapar cualquier hueco. O abrirlo. Como fue el caso de Diego Pablo ‘Cholo’ Simeone contra Julen Guerrero, cuando en 1996, en el partido que enfrentó al Atlético de Madrid y el Athletic Club de Bilbao, el argentino abrió con su taco el muslo -dos centímetros- del vasco, que necesitó tres puntos de sutura… ahí está, el suplente ideal.

Arriba, la cosa (no) pinta mejor. Habilidad y dureza. Dureza y Habilidad. Una tripleta de buenos-malos o malos-buenos, llámelos como quiera. No abundan, pero tampoco faltan.

Delantera que lidera Éric Pierre Daniel Cantona. La punta del iceberg de su prontuario lo muestra un 25 de enero de 1995. Esa fecha, jugando para el Manchester United, el ‘demonio rojo’ fue expulsado por darle una patada, tras un forcejeo, al defensa del Crystal Palace Richard Shaw. De camino al camerino, desde la grada, un hincha del Palace lo insultó. Como respuesta, monsieur Cantona se elevó desde el campo para golpear al fanático Matthew Simmons, que se llevó sendas patadas al mejor estilo del kung-fu. El delantero fue castigado con siete días de cárcel -solo pagó uno-, obligado a prestar 120 horas de servicio comunitario y sancionado en la liga inglesa durante 10 meses. “¿Mi mejor momento futbolístico? Pues fue cuando le pegué a ese holligan“, respondió en una entrevista.

Junto a él estaría el brasileño Edmundo, conocido en su país como ‘El Animal’. Su habilidad con el balón era directamente proporcional a lo que hacía en una cancha con puños, manos, patadas, pies, lengua, boca, en fin… con lo que le valiese de arma para enfrentar al rival. Un verdadero maestro -para no seguir- en el arte de humillar y provocar al contrario. Clásicas son las tánganas, entre muchas, que originó, como las de partidos que enfrentaron a Palmeiras -uno de los muchos equipos en que jugo- contra Sao Paulo, en 1994; o la de la Supercopa Suramericana, en 1995, que involucró al Vélez Sarsfield y su Flamengo. Eso sí, respaldado, en este última, por Romario.

Para terminar esta convocatoría al LAPFC. El elegido es el paraguayo Roberto Cabañas. De similares características que el anterior. Buen jugador pero un provocador por naturaleza. Sus peores armas, los codos. De acuerdo con las palabras de este guaraní, nada más ni nada menos, Pelé fue quien le enseñó a utilizarlos.

En entrevista con el periodista argentino Alejandro Fantino, que reprodujo el portal ultimahora.com, así lo confirmó el ex jugador de Cerro Porteño (Paraguay), Cosmos (EE.UU.), América (Colombia), Brest y Lyon (Francia), Boca Junior (Argentina), Barcelona (Ecuador), Libertad (Paraguay), Medellín y Real Cartagena (Colombia). “Cuando estaba en Nueva York, yo miraba los videos de Pelé. Una vez él tiró un codazo y todos hablaban del codazo de Pelé. Y un día me tocó preguntarle cómo era que él pegaba. Y me dijo “Cabanás”, porque el me decía así, y me empezó a mostrar la técnica del codo, porque él no soltaba el codo. El me explicó la técnica. Entonces, fui y la utilicé muy bien en Argentina; porque allá el fútbol es muy competitivo, hay mucho roce, mucha fricción y realmente empecé a utilizarlo”.

Repasemos la alineación de LAPFC: Portero, Harald Schumacher; defensas, Vinnie Jones, Pepe, Marco Materazzi y Andoni Goikoetxea; mediocampo, Martin Taylor, Thomas Gravesen y Hristo Stoichkov; delantera, Eric Cantona, Roberto Cabañas y Edmundo. Suplentes: Gastón Sessa (portero) y Diego Pablo Simeone (mediocampista).

Además de encontrar un equipo que se les quiera y pueda enfrentar -sacrificar, sería el verbo correcto-, solo falta el director técnico. ¿Usted a quién postularía? ¿Bilardo? ¿Dunga? ¿Nereo Rocco? ¿Uno de la escuela del catenaccio italiano? Bueno y si tiene más candidatos para integrar el equipo Los amigos de Pepe Fútbol Club, ¿quiénes serían y por qué? La pelota está en juego… ah! y no olviden, también las canillas, rodillas, tobillos y cabezas.

Rushdie

Fui con algo de temor. No tengo porque negarlo. Aunque hayan pasado 20 años desde que el fallecido ayatolá Ruhollah Jomeini pronunciara la fatua que codenaba y pedía el asesinato de Salman Rushdie por ”blasfemar el islam”, según Irán, con el libro Los versos satánicos, y aún así, el mismo gobierno islámico la haya denegado tiempo después, el riesgo de Rushdie -y de estar cerca de él- es algo que no se puede hacer a un lado con facilidad.

De ahí mi prevención al asistir a la charla que tuvo el escritor de origen indio y criado en Gran Bretaña con su colega colombiano Juan Gabriel Vásquez, en la biblioteca Jaume Fuster de Barcelona. Conversación en la que no hizo ningún comentario ni hubo ninguna pregunta ni de parte de Vásquez y menos del público presente sobre la ya anacrónica condena. Sin embargo, estar a pocos metros de él, viéndolo al alcance de cualquier seguidor de la proclama de Jomeini, fue algo que no me dejó estar totalmente cómodo dentro del salón. 

Ocho agentes y un furgón de la policía autonómica de Cataluña, a la puerta de la biblioteca en la Plaza de Lesseps, a la postre, también incrementaron esa disposición. Claro está, este operativo fue mucho menos de lo que se vio en la ciudad durante la visita de Roberto Saviano. ¿Será qué, sin poner en medio el tiempo entre las dos amenazas, la de la mafia napolitana necesita mayor cuidado que la de de los defensores del islam?  

Otra cosa que aumentó ese estado de alerta es que la misma fatua, a pesar de que el gobierno iraní ya la suprimió oficialmente, sigue “vigente”; pues el único que de acuerdo con la tradición la puede retirar es el mismo que la haya lanzado. En este caso, Jomeiní, pero una vez muerto, ¿cómo? De ahí que esa tarde, de primavera lluviosa, cualquier fundamentalista indepediente, de turismo por la ciudad, la hubiese podido hacer efectiva para cobrar los millones de dólares como pago por matar a Rushdie (En principio se dijo que se pagaba US$3 y luego se dobló a US$6). Eso, además de sacar un par de libros de la bibilioteca.

¿Quién podría matarlo aquí? ¿Quién, en la Jaume Fuster, tenía rostro y forma de asesino? Con esta pregunta -esperando que no pasara tal cosa- me metí en la fila para entrar a la conferencia y oír de su voz, sus historias e ideas sobre su carrera y su más reciente novela.

¿Será el tipo que está detrás mío y justo me preguntó: “¿Es esta la fila para la charla de Rushdie?” ¿Puede ser la señora de pelo de raíz negra y puntas rojas y que, proyectándose al futuro, lee la sección de obituarios de El País? ¿Será el calvo que teclea su móvil, quizás comunicando: “Estoy a tiro de hacerlo”? O ¿el tipo de chaqueta oscura y pelo engominado que camina como perdido? No, ya sé, la señora pequeña, de canas, que dificílmente camina apoyada en un bastón de aluminio con punta de plástico roja, el arma secreta y clásica para este tipo de atentados.

Cualquiera puede ser, hasta el que ojea Le Monde, el que pregunta por los libros del autor a la entrada o la señora que hace como que lee la revista Todogatos. Cualquiera puede serlo. Hasta yo mismo puedo ser un sospechoso. “Era un rasta alto y tenía una chaqueta naranja”, diría uno de los testigos del hecho.

En fin, que nada de eso pasó. Rushdie sobrevivió. Rushdie comenzó a hablar y me olvidé de la fatua, de Jomeini, de la señora de pelo de raíces negras y puntas rojas, y hasta de la que leía o hacía que leía la revista Todogatos; pues, lo que sucedió fue que conocí a un gran charlador. Un tipo, con cara de lechuza, encandilado por los flashes de los fotógrafos y las luces del salón de conferencias de la Fuster que, entre otras frases, dijo: “Lo único que nos diferencia de los animales es el hecho de contar historias. Todos somos el mismo animal, pero solo por ese hecho, nosotros somos la especie de las especies”.

¡El encantador de Bombay! Así, parafraseando el título de su más reciente novela, La encantadora de Florencia, se podría definir a este tranquilo Rushdie. Pero a diferencia de los legendarios encantadores de serpientes que se sientan o sentaban en cualquier plaza de una ciudad en la India, ponían los cestos sobre el suelo y comenzaban a tocar sus flautas para llamar la atención de las cobras (por favor, entiéndase que no hablo de los turistas sino de las serpientes), Rushdie no llevaba nada de esto. Ni instrumento ni traje ni turbante naranja. Vestía jean, chaqueta gris, camisa azul turquí y zapatos negros. Su música, esa tarde lluviosa, solo fue el valor de su palabra. Lo único que tiene un escritor para seducir al público. Lo único que tiene un escritor para defenderse hasta de la misma muerte.

Simpático y de buen humor y mejor rollo se le notó a este Rushdie que se definió a sí mismo como un escritor de ciudad. “Soy un chico muy urbano. Mis historias comienzan, se desarrollan y terminan dentro de una ciudad. Con frecuencia me pasa que quiero transformarme en uno de mis personajes para desaparecer dentro de mis libros”.

Lo peculiar de La encantadora de Florencia, la novela que vino a presentar, además de la historia de amor que la impulsa, entre un emperador y una mujer imaginaria, es que uno de los personajes es Maquievelo. Del que Rushdie dice que hay que reivindicar en la historia. ”Se ha escrito tanto en contra suya, que ya hay que empezar a limpiarle la imagen. Espero que alguien hago lo mismo conmigo dentro de muchísimos años”, anotó entre las risas de las serpientes hechizadas en forma de personas dentro del auditorio.

Acercar a Oriente con Occidente, o a Occidente con Oriente -el orden de los factores no altera el producto-, de acuerdo con él, era otra de sus metas en este trabajo, que como elemento principal combina hechos históricos con ficción. “Son tan enormes e evidentes las diferencias, pero si uno se fija bien, se encuentran muchas similitudes entre los dos”, dijo al hablar de las dos sociedades, pero yo lo oí como si hiciera referencia a realidad y ficción.

Frente a la preocupación de una de las cobras encantadas, dentro del público, sobre el futuro de la novela escrita, el profesor honorario de Humanidades en el MIT y también premio Booker por Hijos de medianoche, no dudó en responder con la tranquilidad del caso: ”Sobrevivirá y no hay que tenerle miedo a lo que pueda suceder con el género en el futuro. Porque la buena escritura pasa por todos los sentidos”.

Si lo dice él, que por ahora sobrevive a una fatua islámica vigente o no, habrá que creerle. Luego se puso de pie, se abotonó su chaqueta gris, levanto su mano y se fue con su cara de lechuza. Quizás espantada por tanta luz.

Kureishi

Volví a la Jaume Fuster. Regresé a la biblioteca de la Plaza Lesseps, en Barcelona, como el tipo que retorna a la misma barra del bar de copas donde no pudo ligar la otra noche, buscando lo de siempre: otra oportunidad. Y vaya que si la tuve. Allí había alguien, no para ligar, pero sí para contar algo.

Para empezar, sin el gusano de gente queriendo entrar, como hace un par de días en la charla de escritor japonés Haruki Murakami, esta vez entrar al salón de conferencias, para oír lo que iba a decir su colega Hanif Kureishi, fue fácil.

¿Será que así de sencilla y fácil es la literatuta de este inglés de raíces paquistaníes? Porque siendo sincero, todavía no he leído el primer libro de Kureishi. Claro, a veces oír a un escritor es el mejor preludio para iniciarse en él. Y eso fue lo que pasó. Ya habrá tiempo para su lectura.

Escuche atento a Kureishi, que estaba aquí para hablar de su más reciente novela, Algo que contarte, y después de la presentación que hiciera el también escritor Eduardo Mendoza -no está demás decir que bastante floja-, el inglés comenzó a discernir sobre su obra, la Gran Bretaña, Pakistán, la xenofobia, la adolescencia, el psicoanálisis, Sigmund Freud y hasta se pronunció a favor de lo que la gente llama “programas basura” en la televisión.

Esto último, tal cual como lo confirmó, días después, en la entrevista que publicó La Vanguardia: “Siendo escritor, la verdad es que uno pasa gran parte del día mirando la tele. Me fascinan esos programas de testimonios, tipo “mi marido es un transexual”. Funcionan como terapia, para los invitados y para el espectador, que se dice: gracias a Dios, yo no soy así”.

Volviendo a la sala de la biblioteca, con un tic gestual que le hacía cerrar los ojos por un microinstante y apretar sus labios, mientras lo presentaba Mendoza, Kureishi se mostró después muy afable con la gente. Y como es rutina en este tipo de actos, firmó paciente los ejemplares que una fila de treinta personas le puso por delante.

Pero como no es mucho lo que yo pueda decir de él, y menos de sus obra en general, aquí quedan unas frases de Hanif Kureishi durante su charla, que lo presentan mejor, quizas más de lo que trato de hacer Mendoza en la Jaume Fuster.

1. “Me encanta la vulgaridad y (de) la estupidez inglesa”.

2. “El mundo ha cambiado mucho. Antes teníamos televisores muy pequeños para salas muy grandes. Ahora, los televisores son más grandes que las mismas salas”.

3. “Nada más revelador (de una persona) que la mentira”.

4. “Gran Bretaña ha pasado de ser un país de una sola raza a ser una sociedad multicultural”.

5. “Siempre estoy a punto de regresar a Pakistán… pero me detiene el que se haya convertido en una catástrofe muy peligrosa. Es el país más peligroso del mundo para vivir. No lo recomiendo”.

6. “¿No será que el público tiene una pregunta?”. (Al ver que Mendoza se alargaba en su presentación sin decir mucho de él).

7. “Me interesaría escribir sobre la adolescencia, tengo hijos en esa edad, y escribir cómo es un adolescente, desde su propia voz, sería bueno para mostrar lo cruel que es su vida”.

8. “No creo que para ser un buen escritor se tenga que recurrir al psicoanálisis. La escritura es la mejor de todas las terapias”.

9. “Un par de preguntas y después firmaré un par de libros”. (Lo dijo algo cansado o, mejor, resignado).

10. Un asistente le preguntó: “¿Su sentido del humor ha contribuido a su integración en la Gran Bretaña?”; a lo que Kureishi, sin pensarlo mucho, dijo: “¡No, yo no estoy integrado!”.

Para finalizar, alguien le preguntó sobre qué estaba escribiendo o futuros proyectos. Kureishi contó que tiene una bolsa llena de botellas de licor que le da vueltas en la cabeza. Y pasó a explicar: “Como soy padre de tres adolescentes, me toca llevarlos y recogerlos de las fiestas. Y hay un amigo de ellos que me llama la atención, pues siempre lleva una maleta consigo para todos lados. El otro día le pregunté qué llevaba ahí y él me respondió: “Todo el licor de las fiestas”. Pero cómo lo consigues, si aún no tiene la edad para hacerlo, le pregunté. El me mostró un documento de identidad con su foto, que dice que tiene 26 años, cuando creo que tiene 14 ó 15… vaya, esa anécdota sería buena para alguna historia, sería buena para escribir de eso y de lo bien que es recibido este chico, en las fiestas, por todos sus amigos”.

Murakami

La literatura de Haruki Murakami está habitada por gatos. Las novelas y cuentos de este japonés, de jean y camiseta, están llenos de música -especialmente de jazz- y ambientes oníricos que desbordan sus páginas. De “estilo pop” lo etiquetan muchos de los consabidos expertos; aunque yo, sin ser crítico, solo uno más de sus lectores, por la mezcla de vertientes y lo armonioso de su discurso, lo consideraría más del tipo ‘chill out’. Literatura para relajar y dejar salir el alma, para que ésta camine un poco hasta un bar y se tome una cerveza de cuenta de Murakami. “Paga el japonés”, diría el alma ante los ojos atónitos del barman de turno. “Es que no llevo efectivo ni tarjeta ni bolsillos”, trataría de explicar sin razón.

De eso quería oírle hablar. De eso y su adicción a los maratones. Quería preguntarle qué es más agotador: finalizar una carrera de cuarenta y dos kilómetros, terminar una novela de seiscientas páginas o atender un bar con la barra llena. Eso, además de querer saber si su tono de voz suena igual a su tono literario -sí, esto último, un fetiche-, me hicieron ir el bici desde mi casa hasta la biblioteca.

Pero no pude entrar. A pesar de llegar con noventa y cinco minutos de antelación -el tiempo que dura un partido de fútbol, con reposición incluída- a la hora de su charla, en la biblioteca Jaume Fuster de Barcelona, no se pudo.

Eran las 5:25 de la tarde. Un tierno sol de un invierno con más cara (también puede leerse: máscara) de primavera, me alentó a sumarme a la fila de gente que se alargaba como un gusano sobre la Plaza de Lesseps y, entre las esculturas de hierro, bronce o cualquier otro metal, esperaba para entrar y oírle a partir de las 7. 

¿Qué tiene este japonés, con aire de estrella de rock, para atraer a casi quinientas personas, a una charla de martes? En eso pensaba, cuando el rumor de la fila decía que el salón preparado tenía capacidad para doscientas personas y yo estaba casi diez o doce, tal vez quince puestos, más atrás. ¿Pueden ser veinte?

Quizás, adentro, Murakami iba a contar a qué se refiere De qué hablo cuando hablo de correr , un ensayo que escribió sobre su gusto maratónico; tal vez en el salón, junto a sus contertulios, el escritor compartiría el secreto de la eterna búsqueda literaria y fuese a contar, con su voz sonando a jazz, sin ser un disco rayado, de cómo escribió Kafka en la orilla, Tokio Blues o Sauce ciego, mujer dormida, un libro de cuentos que comencé a leer y nunca pude terminar. O simplemente fuese a contar de sus días como propietario y pinchadiscos en el ‘Peter Cat’ de Tokio.

Eso explica, quizás, el porqué estaban las dos señoras que, con carrito de compra y las barras de pan saliéndose por las esquinas de la bolsa, se apretujaban en la fila. De igual manera, también esperaban cinco o seis okupas que de seguro iban a escucharle y no a tomarse la biblioteca como una de sus casas libertarias; también permanecían en el sitio tres estudiantes que leían o hacían que leían estudiando para el examen de mañana. Siempre hay un examen mañana. De la misma manera, con visos de impaciencia, otra señora de pelo tan plateado que se confundía con el metálico de las esculturas, tenía la esperanza de un cupo. Lo mismo, los cuatro jubilados que, adelante, hablaban de la “Guerra” y, claro, de Franco. Y un par de enamorados que, ante su inminente entrada, mataban el tiempo (¿se puede matar?) besándose en una de las bancas de la plaza.

Todos estábamos para oír al escritor japonés. Todos estábamos a la espera. Murakami da para todo. Una literartura diversa para una fauna urbana igual de diversa. Allí reside el quid de la fila de quinientos en un martes de invierno, vestido de primavera. Bueno, el número de parados y desempleados también ayuda. Sin embargo, el éxito de este escritor se entiende en lo que le dijo a El Periódico: “Creo que las buenas historias pueden encontrar lectores en cualquier país y en cualquier idioma. Yo empiezo a escribir con la incertidumbre y la curiosidad de no saber lo que les ocurrirá a mis personajes y espero que mis lectores experimenten esa misma sensación”. Con los quinientos de esa tarde. el ex barman de ‘Peter Cat’ demuestra que lleva algo de razón.

Una fila de lectores tozudos, porque aún cuando el empleado de la biblioteca terminó de repartir un papel, a manera de contraseña, a la gente que alcanzaba a entrar, el gusano de personas siguió creciendo. Sin duda, los que estábamos allí, nos creíamos merecedores de algo más, tal vez una clave que nos llevase de la mano, más allá del punto final de una historia de Murakami.

“Un puerto sin putas es como un puerto sin mar. Antes de que esta ciudad tuviera nombre, ellas ya estaban aquí”. Así, tajante, se expresa Antonio. No hay rabia en su rostro a esa hora de la mañana sobre el Paseo Marítimo del barrio La Barceloneta. Y menos tiene rencor sobre la noticia que lee en El Periódico y que cuenta de un operativo en otro barrio de Barcelona, El Raval, para cortar de una buena vez con la prostitución en la ciudad.  “Como si se pudiera”, añade.

Lo que respira y se nota en este pescador, que viste jean, chaqueta oscura y bufanda vino tinto, es sentido común. El mismo que le hace caminar mientras observa detenidamente el Mediterráneo. De algo más de 70 años, el viejo se toma su tiempo. No lleva prisa o no conoce esa palabra. Después de dejar El Periódico, da uno, dos, tres y hasta cuatro pasos, luego se detiene para que el sol caliente su piel.

Sin ninguna extrañeza me mira. Y como si fuéramos dos viejos amigos en La Barceloneta, su barrio, me pregunta qué hago allí. “Tengo que contar una historia de 48 horas en Barcelona”, le respondo al tiempo que se voltea y pone la cara al sol, con sus manos atrás. Mira al mar como un filósofo que busca respuestas o un inmigrante que recuerda otras tierras.

“Yo llegué siendo un chaval y le puedo asegurar, siendo fiestero y todo, que solo he vivido la ‘B’ de la palabra, a esta edad, me falta el ‘…arcelona’”. Se ríe y muestra dos oquedades sinceras. Luego se queda callado y sigue su camino. No se despide. Quizás, como todo marinero lo sabe, siempre habrá otro puerto. Otro lugar para cruzarse.

Antes de que se vaya le pido tomarle unas fotos, pero me dice que su cara son las palabras. Que esas, ya las mostró. Sin embargo, en una imagen queda él y, de fondo, un polémico hotel que construyen en esta playa. Tiene forma de vela. De “mamotretro y forúnculo” lo tildan en la prensa local. “De los 178 metros pensados al comienzo, la construcción invasora, que ha subido el ánimo de los vecinos, se quedó en cien”.

Pasado y futuro de una ciudad llena de contrastes. De una ciudad que, quizás como una de las putas de la calles Sant Ramón, Sant Pau y Robador, en El Raval, se vende por necesidad y no por gusto. De una ciudad que se ofrece al turismo para ser visitada pero que sus habitantes más arraigados están cansados de los ‘guiris’ y su fiesta. Que no es otra cosa sino ruido. De un lugar cuyo Ayuntamiento es capaz de pagar, se dice, un millón de euros, para que Woody Allen filmara por sus calles y pusiera en el título de su penúltima película el nombre de la ciudad.

Así quieren venderla. Buscan que más gente venga de visita, de paseo, o para invertir en ella. Para eso ya se terminaron las obras de ampliación en el aeropuerto de El Prat. La nueva terminal tiene el tamaño de 82 campos de fútbol. Cuatro mil trabajadores de 56 nacionalidades trabajaron en el proyecto. De esa manera, podrá recibir 70 millones de pasajeros al año. Cifra que comenzará a sumar a partir del verano de 2009, cuando abra sus puertas y pistas. Cuando aterricen más turistas.

Y es que ya no se sabe quién es de afuera y quién de adentro. “A mí madre, que ha vivido toda la vida aquí, el otro día le quisieron cobrar 10 euros por entrar a la iglesia donde siempre ha ido a rezar”, me cuenta uno de los vecinos en Can Maño. Por eso ya hay una iniciativa, sacar una tarjeta que los haga tener derechos por encima de otros. Una tarjeta tipo supermercado que les facilite la vida, en su barrio, a precio de lugareño.

Allí en Can Maño, un pequeño restaurante con no más de quince mesas, al que un crítico de cocina lo definió como “un monumento a la honestidad” -para qué escribir más-, y al que llegué solo siguiendo las indicaciones de los camioneros de Colombia, “come donde veas a la gente del lugar”, pedí un pescado al ajillo en aceite de oliva. Lo que en cualquier restaurante de Barcelona podría costar cuatro veces más, sin tener la misma calidad, aquí lo sirven por cuatro euros y además, tiran –literalmente-  algo de pan y ponen una botella de vino tinto que puedes tomar a tus anchas.

Comida casera para viajeros, no para turistas, con tiempo para oír y contar historias. Como la de ellos mismos, el padre y los hermanos Montolio, que compraron el lugar, un bar venido a menos, pero que siguieron con el mismo nombre y no le pusieron carteles o anuncios en la fachada “para guardarle respeto al dueño anterior”. ¡Honestos! Tanto que una de las comensales, con rasgos orientales, al terminar, no duda en sacar su violín y brindarles su música. “Es la mejor de las propinas”, dice Bernardo Montolio cargando a su nieta, tras el mostrador.

Quizás uno de los grandes hechos para que Barcelona no sea la ciudad de sus habitantes sino la de una horda de gente que viene, sale de juerga, y se va, fueron los Olímpicos de 1992. Desde que la llama se apagó, con la clausura de los Juegos en el verano de ese año, la Ciudad Condal ya nunca fue la misma de antes.

 

Muestra de ello es el Puerto Olímpico. Allí también se come bien. Pero se paga más en lugares como La Fonda, El Tinglado o La Barca de Salamanca. Todo forma parte de La Villa, construcciones elegantes, modernas y cuadradas que contrastan con la Ciutat Vella (Ciudad Vieja), y los legendarios barrios de El Raval, El Gótico y El Born; de calles que se pueden cruzar de un solo paso y donde los mapas ni los GPS funcionan, pues siempre la personas terminan perdiéndose en su mundo circular.

Hay otros sitios donde caminar es un gusto. Como el Paseo de Gracia. No tanto porque en ese lugar marcas como Adidas, Nike, Gucci, Louis Vuitton, Lacoste, Channel y Armani, tengan sus tiendas, o para ver cómo los migrantes africanos extienden sus mantas de ventas ambulantes e ilegales -siempre listos para huir de la policía-, sino por conectarse con la huella de Gaudí y la ciudad. Sello que va desde el Parque Güell, pasando por la Sagrada Familia, hasta los ‘panots’, baldosas hexagonales, diseñadas por el arquitecto catalán, que forman figuras marinas y están en todas las aceras del Paseo, entre la Avenida Diagonal y la Plaza Cataluña. Baldosas que muchos de los vistantes terminan arrancando para llevarse un verdadero recuerdo de la ciudad.

Allí, precisamente donde termina el Paseo de Gracia, frente al Hotel Barcelona, está Navarra. Un restaurante tradicional de comida española, tapas y montaditos, donde decido tomarme una copa de sangría por cuatro euros. A la vista de Salvador Dalí, con su bigotes en espiral, y su esposa Gala, de gafas oscuras y perlas, que toman cerveza San Miguel, en una de las fotos que adornan el lugar y certifican sus años en el negocio. Quien me atiende es Nico, un chileno que añora a su Colchagua, de la segunda división del fútbol, y su O’Higgins, de primera.

 

Con alrededor de 27 ó 28 años, este barman lleva cuatro en la ciudad. Sueña con regresar a su país y poner una cabaña en la playa de ‘Pichilemu’ (en lengua mapuche significa árbol o bosque pequeño). Nunca ha ido a un McDonald porque no sabe qué le están dando y de comida siempre prefiere un par de tapas y una caña. Precisamente, comenzamos y terminamos hablando sobre la diferencia entre montadito, pintxo y tapa. “Pues nada -dice en su chileno-catalán- montadito es pan y algo encima, que puede ser queso manchego, nueces, solomillo, jamón, o brochetas de langostino; pintxo, así le dicen en el País Vasco porque lleva un mondadientes que cruza los ingredientes; y tapa es algo cortado, en porción, como la tortilla de patatas”.

Sabiendo eso, ya nada importa. Camino por la Rambla. A esa hora de la noche hay menos gente. Tanto que me animo a pasar por La Boquería. Después de que la riada de turistas se ha ido, a eso de las 5 de la tarde, el mercado vuelve a ser el lugar para que los residentes hagan la compra. Antes es imposible recorrerlo. La caterva de ‘guiris’, como le dicen despectivamente a los visitantes, junto con el cardumen de japoneses, no dejan espacio. Estos últimos se mueven igual que los peces, van juntos a todo lugar y cuando cualquiera saca una cámara, los demás lo imitan. Van y vienen y si uno se mete entre ellos, pasa lo mismo que al nadar entre un banco de peces, se abren para protegerse y luego se vuelven a unir.

La noche crece y como es miércoles de ‘Champions League’, el lugar indicado para ir es el Temple Bar, en la calle Ferran. Como su nombre lo indica, un templo del fútbol y la barra. Una gigante proyección al fondo del sitio y dos pantallas planas sobre la barra, hacen de este lugar, el mejor sitio para ver el fútbol. Hasta tres partidos al tiempo se pueden seguir. Eso sí, al ritmo de una Guinness, Murphy’s o Foster’s. Cuando el Barcelona no juega de local en el Camp Nou, nada mejor que un bar de la ciudad para seguir al equipo azulgrana. “Es mejor que ir al estadio, porque allá solo venden cerveza sin alcohol”, dice un inglés que esa noche le hace fuerza a su Liverpool.

Con el paso de las horas, la panza necesita algo de comida. Antes de seguir la marcha en otro bar, y de esquivar a uno que otro indio que me ofrece la lata de cerveza a euro (producto que a veces cambian por rosas o, si el clima así lo pide, por paraguas) decido detenerme en ‘Menjar per emportar’. Un pequeño lugar en el Gótico, que se anuncia en cuatro idiomas como un sitio de comida paquistaní para llevar. Su especialidades: Falafel, Shawarma y Durum. Farud, su dueño, dice que lo que le hizo viajar hace 20 años a España fue, paradójicamente, el “pan y el hambre”.

A la vuelta, en la plazoleta George Orwell, está Bahía. Ahora llueve. Y como cosa rara, en la noche de Barcelona, la plaza está desocupada. No hay una sola persona en ninguno de sus tres ángulos. La lluvia ha hecho que la gente que se reúne en este lugar, se resguarde en alguno de los cinco o seis bares que dan a la plazoleta, que también se conoce como el ‘Trip’ o ‘Tripi’, no solo por su forma triangular sino por las pastillas que venden en las manzanas contiguas.

Bahía se destaca de los demás. La guía alternativa de Barcelona, que hace un personaje conocido como Mr. Gondonsky, lo  define como el bar de ‘La Guerra de las Galaxias’. “Es un lugar al que llega gente de todo lado, un extraterrestre se sentiría bien, porque las pintas y las caras son tan extrañas, que él pasaría desapercibido. Solo sería otro más en el Bahía”, dice y eso lo corrobora José, uno de los ‘barmans’ cuando me pasa mi tercera Estrella Damm, que pago a 2,40 euros. Esta noche, la holandesa Stephanie Ringes canta y estrena su disco ‘La Flamme Nocturna’ y todo vuelve a encender.

La noche termina, pero no la fiesta. Hay tiempo para ir a Poble Sec. El barrio donde nació y creció Joan Manuel Serrat, en la calle Nou de la Rambla está el Bagdad. Dicen los que saben, que noche sin sexo en la ciudad, así sea solo viéndolo, no sería una noche en Barcelona. Ni modo. El Bagdad es una institución y hay que visitarlo. Entrar no es cómodo para el bolsillo. Son 90 euros y 20 más para incluir algo de consumo.

 

Está abierto desde las 11 de la noche hasta las 6 de la mañana. Y claro está, no dejan entrar o por lo menos utilizar cámaras de video o fotográficas. Un cartel a la entrada lo anuncia y un ‘segurity-man’ lo certifica. Entre sus espectáculos eróticos se destacan el de Karina, la stripper contorsionista, o el de Melissa, la única mulata que le pone color y sabor brasileño al sitio.

Entre el público conozco a Max Cortes. Un catalán de 37 años, que recién recibió en Bruselas, en el festival erótico de la capital belga, dos estatuillas por su trabajo en el medio. “No veáis mis películas con palomitas”, me dice. “Ha actuado en casi dos mil cintas y dirigido 45”, me susurra su acompañante al oído.

Pero ya está bien… es de madrugada y el frío hace que la temperatura esté por los 5 grados. Decido tomar camino rumbo a casa, en el distrito de Horta-Guinardó. No sin antes pasar por el Marsella, en El Raval. Una cerveza en ese bar, que dizque fue fundado en 1820, no estaría mal. Allí se confirma perfectamente esa frase que dice un personaje en ‘La Sombra del viento‘, la novela de Carlos Ruiz Zafón, “como todas las ciudades viejas, Barcelona es una suma de ruinas”.

Camino por la calle D’Espalter. En cada esquina, como si estornudaran, los ‘camellos’ (jíbaros o ‘dealers’) del sector me ofrecen de todo. ¡Hachís!, dice uno de ellos, entre dientes, a lo que irónicamente respondo: “¡salud!”.

Al llegar al cruce de la calle Sant Pau con Sant Ramón, la cortina metálica está cerrada. El Marsella no está abierto así que, definitivamente regreso a casa. Cuando comienzo el camino, mi mirada se cruza con unos ojos verdes. Son de una chica blanca, de unos 25 años, que me pregunta “¿vamos?”.

Le pongo cara de no haber entendido. Y ella, debajo de su pelo negro y metida en un pantalón fucsia, botas altas, hasta antes de las rodillas y protegida del frío por un suéter cuello de tortuga, es más directa: “¿quieres follar conmigo?”. “Es linda, de verdad”, pienso y solo le pregunto su nombre y su país. “Me llamo Crina y soy rumana”. Quizás como Barcelona, no se venda por gusto sino por necesidad. Me voy a dormir, recordando el lema de una campaña de la oficina de turismo de la ciudad: “¡Sonríe… estás en Barcelona!”.

Publicado en revista DONJUAN

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Tras su retención, en el 2002, y vuelta a la libertad, en julio pasado, Íngrid Betancourt se ha convertido en un personaje de reconocimiento mundial. No sería para menos, después de seis años de estar secuestrada en la selva por las Farc, la ciudadana mitad colombiana-mitad francesa ahora es un símbolo de la lucha contra este delito. 

Por eso va y viene. Desayuna croissant, junto a Sarcozy y Carla Bruni. Come un bocadillo de jamón de bellota, con Rodríguez Zapatero. Almuerza congrio a la chilena, con Michelle Bachelet. Toma la merienda, en Nueva York, con el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon; el menú es coreano: Kimchi (verduras fermentadas) y pasta de Doenjang con salsa de soja. Y, para terminar, cena con el papa Benedicto XVI, algo liviano, langostinos; y de postre, el favorito de Su Santidad, strudel de manzana. Es que, literalmente, al símbolo hay que alimentarlo.

La fama de Íngrid es tal, que la presidenta de Argentina, Cristina Fernández Kirchner, tras su visita en ese país, forzó en días pasados un encuentro de las dos con Madonna, que pasaba por allí. No hubo asado argentino ni chinchulines, pero la foto de la Presidenta, la cantante y el símbolo, dio la vuelta al planeta. Ingrid de nuevo en las primeras planas del mundo.

Sin embargo, todo este ir y venir, todo ese trabajo de relaciones públicas no le alcanzó a la ex candidata presidencial en Colombia para lograr el maximo reconocimiento que puede conseguir una figura mundial en Barcelona: ser uno de los treinta mil caganers (cagones sería la traducción al castellano) que se exhiben y venden este año en la Feria de Santa Lucía, frente a La Catedral de la Ciudad Condal.

 Sí. Fui a buscarla. Con un sentimiento que mezclaba la pena y el orgullo colombiano, pero no la encontré. En los estantes del local de caganers, vi que Hugo Chávez repetía, literalmente, cagada, pues el año pasado también estuvo; que Carla Bruni, a pesar de su imagen de primera dama francesa, es tan humana como usted o como yo; que Rafael Nadal hace tanta fuerza como la que emplea para vencer a Federer, que con razón Lula Da Silva es el presidente de “O pais mais grande do mundo”, que Rajoy y Zapatero hasta en esto puntean en la política española. Tampoco faltan ni la Familia Real ni el papa Benedicto XVI… pero Ingrid no estaba por ningún lado.

“Preguntan mucho por Fidel (Castro), pero por ella no”. Así respondió Marc, el artesano y vendedor, en su puesto de caganer, cuando le pregunté si tenía a Íngrid Betancourt entre sus tantas figuras de barro. ”Habrá que hacerla para el próximo año -añadió mientras vendía por 15 euros a un Barack Obama que, sin mucho estreñimiento, también aquí pudo-. La figura como caganer del nuevo presidente de EE. UU. es la más vendida de la feria.  

Según la explicación de los expertos, esta escatológica tradición tiene su origen en el siglo XVIII. “Es una figura obligada en los belenes (pesebres), puesto que la gente decía que con su deposición abonaba la tierra y así la fertilizaba para el año siguiente. Colocar esta figura en el Belén, traía suerte y alegría, no hacerlo comportaba desventura”. Y ¿es que si la caca de Ingrid, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, Legión de Honor en el grado de Caballero de Francia, y hasta postulada al Premio Nobel de Paz, no sirve cómo abono, pues tampoco sirven la de Nadal, Fernando Alonso, o los jugadores del Barça.

“No”, respondió Marc, al ver que mi enojo y demanda podía crear un litigio internacional y llegar hasta el Tribunal de La Haya. “Te prometó que para el 2009 la tendremos… eso sí, si no la compran, pues la sacamos del mercado”, agregó. Entonces me fui tranquilo. Quizás Óscar Morales, el barranquillero creador en Facebook de ‘Un millón de voces contra las Farc’, podría hacer un llamamiento por ese medio para marchar bajo el lema ‘Un millón de voces para que Ingrid sea una cagona (caganer)’… eso seguramente que presionaría para tenerla en el puesto de Marc.

Caminé por la Avenida Catedral, rumbo a casa, tranquilo porque en el 2009 vamos a tener a Ingrid aquí. Me fui leyendo en mi mente lo que dirían los titulares de la prensa en Colombia, registrando la noticia como el triunfo de toda una nación. El Tiempo: ”Ingrid, la primera ‘caganer’ colombiana”; El Espacio: ”La mierda de Ingrid aterriza en Barcelona”; El Espectador: “Esperanza en la tierra catalana, gracias a las heces de Ingrid”; El Heraldo: “Comienza el Carnaval de Barranquilla”; El País (de Cali): “Ingrid hizo popó en Barcelona”; y El Gusano, la única revista que no tiene eslogan: “¡La cagó, Ingrid la cagó!”.

Allí, además de sus amigos, seguramente estarán Mariano Rajoy, líder del Partido Popular, y Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno español, con los brazos cruzados, y otra partes muy apretadas, para darle la bienvenida que merece. Mucha suerte a Ingrid, pero a la caganer.

Parafraseando a los parafraseadores de los expertos: “la imagen lo dice todo”. O mejor dicho, la foto resume lo que se verá el sábado en el Camp Nou. Las patatas (papas) fritas del Barcelona FC contra las del Real Madrid. El ambiente está bastante crocante.

Las primeras, las azulgrana, están muy bien aceitadas. Muy bien peladas y cortadas, además de enjuagadas por suficiente agua otoñal. Es que el chef que las prepara no improvisa nada y hasta las ha rodeado de bastante prensa, digo, papel, para que les chupe la grasa y no se pasen de aceite.

“Sabe hacer patatas”. “Fue una de ellas”. “Es un motivador y ahí está el secreto de que le queden tan crocantes y se sientan tan sabrosas”. “Le habla a cada una de ellas”. Estos son algunos de los comentario de quienes se han pasado por el Camp Nou y las han probado.

En el otro paquete, las cosas no son iguales. Se sienten pasadas de sal. Además, algunas están muy blandas y se parten con solo mirarlas; otras, por su lado, salen muy duras y no dejan buen sabor de boca. “Están hechas con técnica alemana”, refunfuñan y casi que se excusan en Madrid.

Los dos paquetes se enfrentan el sábado. Y aunque todo parece indicar que el azulgrana tiene mejores ingrendientes, todo puede pasar en el mundo de las patatas fritas. Como alguna vez dijo una persona, recordando a un experto: “en esto de las patatas no se puede cantar victoria sino hasta después del último crujido”.

Sin embargo, yo me inclino por el paquete blanco. Y ¿usted?

Amanecerá y crujiremos.

El uno de diciembre Allen Stewart Konigsberg cumplió 73 años. Y para quienes este nombre no les remita a una cara conocida, quizás si les diga que se trata de un guionista y director estadounidense de origen judio, que mide 165 centímetros y que ha hecho un sinnúmero de filmes, pasando por Manhattan hasta la actual Vicky Cristina Barcelona (VCB), de inmediato recuerden, tal vez, que se trata de Woody Allen.

Aprovechando esa fecha y el que su cinta más reciente está directamente ligada al sentir de Barcelona, —fue rodada en su mayoría en esta ciudad-, un amigo mío, Fabián Álvarez Motato, al mejor estilo paparazzi, vigiló la estatua que le hicieron en honor al director en Oviedo, para constatar cuántas personas se acercaban a felicitarle por su cumple… y por ahí derecho, agradecerle por la más española de sus ’pelis’.

Al comienzo de la mañana, al Allen de metal se le vio muy solo en la calle de las Milicias Nacionales, en el centro de Oviedo. Ni fanáticos ni seguidores. Ni siquiera los turistas, tan adictos y necesitados a las fotos “yo estuve en…”, se encontraban a su lado. Quizás caminaba pensando que debió haber hecho VCB en blanco y negro, al estilo Manhattan (1979), para darle un aire de obra maestra y quitarle ese aspecto que algunos críticos han comparado con una guía de turismo, un video institucional de dos horas de Barcelona o un “artículo de revista de avión”, como se refirió acerca de la película el escritor mexicano Juan Villoro. 

 

Con el paso del tiempo, tres personas aparecieron en la calle y la cara de ansiedad de la estatua, que hizo Vicente Santarua, esbozó algo de felicidad, pero las tres siguieron derecho sin determinar el homenaje en bronce al premio Príncipe de Asturias de las Artes de 2002Pasaron como si formaran parte de ese 67 por ciento del público que, según el sondeo de La Vanguardia, desde que la cinta se estrenó el 19 de septiembre, vio el filme y no le gustó. Por eso, sobre el mismo sitio, como quién vuelve a la misma pregunta de siempre, la estatua siguió caminado… y cavilando.

Y qué tal si a cambio de Giulia & los Tellarini, que cantan: / Por qué tanto perderse / Tanto buscarse / sin encontrarse… / Barcelona / te estás equivocando / no puedes seguir inventando / que el mundo sea otra cosa / y volar como mariposa… /; sí,  qué tal si en vez de ellos hubiera partido otra vez de Rhapsody in Blue del buen George Gershwin, como hice con Manhattan… y por ahí mismo le hubiera metido algo de mi clarinete con la New Orleans Jazz Band”, pareció oírsele pensar en voz alta.

Justo en ese instante, mientras la estatua seguía, paso a paso, con sus dudas, cual personaje de una de las películas del hombre que la inspiró, la cámara de Álvarez tomó el momento de lo más cerca que estuvo una persona de saludar, aquel día, la obra a tamaño real de Woody -como lo vemos en la anterior imagen-. “No quiero salir en una foto con éste, protestó el transeúnte -al que solo se le ve una pierna-, señalando al bronce. Con VCB no rememora a Manhattan sino al primer filme de su carrera: Toma el dinero el dinero y corre (1969), añadió en referencia a que se dice que el Ayuntamiento (Alcaldía) de Barcelona le pagó un millón de euros al Allen de carne y hueso, y la Generalitat (Gobernación), otros 500 mil por filmarla en los lugares más conocidos de la ciudad. Eso, además, de poner su nombre en el título. 

Acongojada por semejante desproporción de comentario, a la estatua no se le cayó la cara de la vergüenza pero sí las gafas. Se sintió más sola que Mia Farrow al darse cuenta que su (entonces) esposo mantenía una relación con Soon Yi, una de sus hijas adoptivas. El bronce trató de decir palabra, pero se dio cuenta de que las estatuas no hablan. Sin embargo logró farfullar algo del sí mismo de carne y hueso. “Cuando comencé a escribir el guión, no pensaba en otra cosa que no fuera crear una historia en la que Barcelona fuera un personaje más… quería rendirle un homenaje, porque me encanta esta ciudad y porque me encanta España. Una historia asi solo podría ocurrir en un lugar como París o Barcelona”.

A favor de Allen, ejerciendo de abogado del diablo -con el perdón del diablo-, puedo decir que ya vi VCB y me gustó. Claro no soy un crítico, formo parte de la multitud, pero me divertí. Eso sí, no me reí tanto como en Misterioso asesinato en Manhattan (1993), El dormilón (1973) o Poderosa Afrodita (1995); ni me deslumbró como Manhattan, ni es tan contundente como Match Point (2005), pero se puede decir que es una ‘pelí’ con la fórmula del director. Y como tal, funciona. Como la Coca-Cola siendo una marca blanca en un supermercado.

  

Está bien, no es un filme para la posteridad, pero inaugura un nuevo género: el ‘cine-postal’. “Allen nos redujo a un cliché”, dijo sobre la película el escritor catalán Jordi Soler. Pero preguntó: ¿qué ciudad no lo es? A Soler le diría que hay que dejar a un lado esa hipocondría barcelonista, pues otras películas ya trabajaron ese “cliché”. Lo hicieron con menos presupuesto, menos historia y más argumento trillado. Como pasó con Una casa de locos (2002), que trata sobre la vida de un estudiante Erasmus, sus compañeros de piso y las aventuras que viven en un año de estadía. Más lugar común no podía ser. Está bien, algo similar a las dos amigas gringas, buscando emoción en el verano ibérico, pero con la firma de Allen.

Volviendo a la estatua, y es que nos hemos alejado porque no pasaba nada con ella y sigue más sola que nunca… con las manos en los bolsillos, protegiéndose del frío otoñal. Sola y con muchas dudas.

Aprovechamos este momento para oír la opinión de nuestro paparazzi, quién también ya vio la ‘peli’ y es una voz, desde la multitud, para decir lo que piensa: “a mi parecer -dice Fabián Álvarez Motato, el fotógrafo de la estatua- de pronto es la película más insignificante de todas las que ha rodado, siendo un gran fan de Woody. Las bromas no me parecieron brillantes ni graciosas, con drama vaselino, su trasfondo se sustenta en la obviedad y la visión de los personajes es banal. Lo contrario en el Londres de Match Point o la Venecia de Todos dicen I Love You (1996), saliendo dignificadas; la Barsa de Vicky, Cristina……no es más que una vitrina postal de una comedia menor”. Si usted ya la vio, ¿qué puede decir? ¿Qué puede escribir?

 

¿Se equivocó Allen? ¿Dio un paso en falso en su carrera? ¿Ya hizo lo que tenía que hacer y más no se le puede pedir? ¿Dejará a Soon Yi por alguna hija que adopten? Estas preguntas, tipo serie de la TV gringa de los años 70, quizás no tengan respuestas. Pero a manera de ellas quedan dos imágenes:

La de un rictus en su cara, claro está, la de la estatua, más triste que de costumbre. Hay quienes dicen que ha cambiado desde que la inauguraron en mayo de 2003. Y ahora denota un cambio en el estado de ánimo. Es que, con lo que se ve en el cine, hasta las estatuas se deprimen.

Y otra última, en forma de comentario visual, la de un ácido crítico que quizás, también ya vio Vicky Cristina Barcelona… y quiso, a su manera, dejarnos ver su pensar. Nada más.

 ¿Quién dijo que los perros no podían opinar?

Curiosidad. Morbo. Excentricidad. Llámese como se le quiera llamar, no deja de causar cierta hilaridad, con todo el respeto que se merece, la noticia de que en México recuperaran la silla de montar de Emiliano Zapata y ahora esté expuesta en una de las salas del museo de Tlaltizapán. ¿Será tan difícil de encontrar como de pronunciar?

Allí, a ojo de todas las personas que visiten el lugar, se puede ver la montura que llevaba el caudillo de la Revolución mejicana de 1910, cuando fue emboscado y asesinado sobre su caballo ‘As de Oros’. También se podría decir, de la forma más castiza, ahí está al alcance del culo de todos, pues no faltará el que, al mejor estilo de una foto “yo estuve en…”, quiera medir sus posaderas y delirios de grandeza con las cualidades del líder revolucionario.

Algunos expertos podrán argumentar que se trata de un objeto de “alto valor histórico”, puede que sí. No lo discuto. Pero para mí no fue sino la diana de las flatulencias de Zapata en sus largos peregrinajes por los caminos aztecas. Ignorante, me dirán otros, pero pregunto: ¿Qué más se podría esperar, después de engullir unos tacos con frijoles refritos y mucho guacamole, yendo a todo galope, persiguiendo o huyendo del enemigo?

Por eso la silla, descrita por Joaquín Ibarz, corresponsal en México del periódico catalán La Vanguardia , ”de plata repujada, latón, telas y cuero”, me lleva a viajar en el tiempo y pensar en la posibilidad de un museo de lo inútil. Un museo en el futuro de cosas utilizadas por líderes y presidentes en el mundo contemporáneo, solo para demostrar cuán humanos somos. Cuán estúpidos seremos. Y qué tontos fuimos.

Sí. Un lugar donde quepan todo tipo de despropósitos y de materiales que buscan enaltecer a un ser de carne y hueso. Un chéchere o viejera, como le dicen en Colombia, cuyo fin normal sería el trasto de la basura o un ‘Mercado de la Pulga’, en Bogotá, o un ‘Mercat dels Encants’, en Barcelona; pero que, con la vanidad y el “sentido histórico” sumados, queda para glorificar a una persona. Un transeúnte por este mundo, como todos las demás, común y corriente, como usted o como yo, de carne y hueso. Eso sí, con algo más de prensa.

De mi parte, votaría para estuvieran, en una especie de ‘Sala Colombia’, y para que los vayan guardando de una buena vez, y así evitar imitaciones chinas, el sombrero aguadeño del presidente de Colombia, Álvaro Uribe; el smoking que usó -hecho a la medida de uno de su hijos- y que le quedó pequeño, en una de las tantas recepciones con el rey Juan Carlos; y la toalla de Manuel Marulanda Vélez, ‘Tirofijo’, el fallecido ex comandante de las Farc, que aparecía en alguno de sus hombros, como una de sus más cercanas consejeras…

¿Usted que pondría? Si no se anima, a modo de ejemplo, le puedo sugerir que la sudadera (o chándal) Adidas con la (el) que Fidel Castro aparece cada tanto, tras su larga enfermedad, es una buena opción. ¿Tiene más sugerencias? Pues entonces, ¡escriba!

Sincera. Con esa palabra se resume la charla que tuve con el Gato Cósmico, como lo conocemos en Colombia, invitado especial al XIV Salón de Manga en L’Hospitalet, distrito en el sur de Barcelona, a 20 minutos del centro, en la Línea 1 del metro.

Gracias a que se cumplen 15 años de ser emitido en la televisión de España y a que recientemente, Doraemon, como lo conocen acá, fue nombrado por el ministro de Asutos Exteriores del Japón, Masahiko Komura, como “embajador” del animado de ese país por el planeta, el gato fue la estrella de la reunión.

Con su pelo azul, ojos grandes, boca roja y su bolsillo en la panza, de donde saca cuanto objeto sirve para salvar de apuros a Nobita en la serie animada, el felino se tomó un instante, entre tanto visitante, y nos recibió para maullarnos detrás de bambalinas. Eso sí, más allá de sus mil capítulos en TV y sus cuatro películas en la pantalla grande.

¿Cómo recibe el nombramiento de “Embajador del anime” que le hizo el gobierno japonés y que le da licencia para viajar por el mundo dando a conocer este género?

Es un honor, pero también es el reconocimiento a una larga carrera. No soy nada diplomático y siendo sincero, eso de trabajar para el Estado, es bueno; más en estos tiempos de crisis económica. También necesito descansar, quizás escriba mis memorias, y qué mejor que un cargo como éste, donde solo hay que viajar y poner la cara. Nada mal. Estoy un poco saturado de las grabaciones. Esto no es fácil, sino pregúntele a Tom, que lleva más que yo en el mundo del espectáculo y no ha podido con Jerry.

A propósito, habla con sus colegas del oficio…

Muy poco, por ahí nos ronroneamos algo, pero cada quien hace lo suyo. Una vez nos encontramos para la entrega del premio Catstar (se entregaba al mejor gato del entertaiment, pero al no tener apoyo económico se dejó de hacer en 1977) con Silvestre (de Piolín), con Tom (de Tom&Jerry), y yo les traté de aconsejar para que armaran sus propios programas, para que dejarán de perseguir animales tan insignificantes, como sus partners, pero lo tomaron a mal. Ni modo.

¿Lo mismo le aconsejaría ‘Snowball’ o ‘Bola de nieve’, en Los Simpson? Ese un gato que se ha ido consiguiendo su lugar en la serie…

No, a Matt (Groening), le diría, como ya se lo hice saber una vez que nos encontramos en una playa nudista en Malibú, que la clave y renovación de Los Simpson está e darle más vuelo, y porqué no, su propio show, a Itchy&Scratchy. Creo que aquí en España le llaman Rasca y Pica. Esta miniserie, que ven Bart y Lisa en la TV, reúne todo para ser un éxito del animado: violencia moderada, el clásico enfrentamiento entre el bien y el mal, y algo de sangre. Ahí está la salvación, Matt. Es que sabe que me pasa, cuando veo un capítulo de Los Simpson, así sea nuevo, siento como si ya me lo hubiera visto antes.

Hablando de Los Simpson, como ellos, muchos dibujos animados (Mickey Mouse, Winnie the Pooh, Pato Donald y Bugs Bunny) ya tienen su estrella en el Boulevard de la Fama, en Hollywood, ¿no siente qué hace falta la suya?

¡No! A mí lo que me hace falta es una gata siamesa y una buena lata de comida. Con eso, estoy contento. Además, en Estados Unidos todavía no olvidan Pearl Harbor.

Algunos expertos de los animados opinan que usted es una mala copia de Félix, el gato, ese personaje de pelaje negro y risa aguda, que brilló desde 1919 y que se autodefinía como “Félix, el único, único gato”, ¿qué opina de esas críticas?

Nunca le he parado la cola a ese tipo de comentarios. Además, el hecho de que yo tenga una bolsa en mi panza y que Félix tuviera una maleta, de las que saquemos cosas, es una casualidad argumental. Además, sabe una cosa, los críticos están un escalón antes en la Teoría de la Evolución de Darwin. Luego de ellos sigue el mono y, finalmente, el ser humano.

… y en esa Teoría de la Evolución, según usted, ¿dónde están los gatos?

El hombre fue el borrador del gato. Lo que pasa es que a nosotros nos gusta el bajo y rastrero perfil.

Aprovechando su sinceridad, se dice que en un momento, por allá en los años 80, estuvieron a punto de terminar la serie por sus disputas y egos con Nobita…

Él nunca supo que su trabajo era secundario. La estrella del programa era yo. ¿Acaso en Colombia, donde lo trasmitieron durante casi 10 años, lo tradujeron como Nobita Cósmico? No, allá se llamó El gato Cósmico. Otro ejemplo es que acá, en España, no le llaman Nobita sino Doraemon, que es mi nombre artístico. ¿Alguna duda?

¿Qué le dice esta letra: El gato que está triste y azul…?

Es una bonita balada del brasileño Roberto Carlos, no el jugador de fútbol sino el cantante, pero me quedo con El gato volador, de El Chombo; o El gato y yo, de Amanda Miguel; y Mi gato y yo, de Rosario. Cada una para hacer lo que quiera.

Ya que lo tengo aquí, ¿de dónde salió la creencia de que si uno se cruza con un gato negro, eso significa mala suerte?

No sé exactamente, pero esa mala prensa se la dio Édgar Allan Poe, con su cuento Gato negro, creo que tuvo que ver mucho eso.

Para usted, ¿cuál es la mejor película animada de todos los tiempos?

Pensaría en Hormiguitaz o Hormigaz de Eric Darnell y Tim Johnson, con voz de Woody Allen, pero quedaría como un intelectual de caricatura. Sacando las cuatro mías, para no pecar de prepotente y arrogante, y para no dejar al gremio por fuera, diría que El gato Fritz, una obra de arte sobre la decadencia de ser y del hacer.

En estos 40 años de existencia, en estas casi cuatro décadas de estar en el mundo de entretenimiento, ¿qué le queda por hacer a usted? ¿Tiene algún sueño por cumplir?

Sí, sabe que no hablo mucho de eso, pero se lo voy a decir sin tapujos: sueño con comerme algún día y de una buena vez al ratón Mickey.

Durante los cuatro días que duró el Salón de Manga, alrededor de 60 mil personas, incluyendo otakus -personas que visten y disfrazan como su anime favorito- de toda la región de Cataluña y sur de Francia, visitaron el lugar.

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